Álvaro Gándara del Castillo
La gripe A causada por el virus H1N1 está causando en nuestro país un fenómeno insólito,
aunque no nuevo. Hay muchas similitudes con la anterior pandemia de la gripe aviar; en
aquella ocasión, la supuesta transmisión a nivel mundial, según la OMS, iba a causar unos 150
millones de muertos, cuando la realidad demostró que sólo causó 262 muertos en todo el
mundo, principalmente en Asia. La diferencia con esta campaña, es que en aquella ocasión las
autoridades sanitarias se limitaron a seguir unas directrices marcadas por la OMS, y que
consistían en intentar controlar la transmisión de la pandemia por los diversos continentes; a
pesar de la gran alarma que se creó por la altísima mortalidad, los hechos demostraron en
seguida que no existía un riesgo tan alto y las aguas volvieron pronto a su cauce. Sin embargo,
estos sucesos no parecen que hayan servido de experiencia a nuestras autoridades ni a los
expertos epidemiólogos, pues hemos asistido en los últimos meses a una serie de declaraciones
y actuaciones que no han hecho más que crear una alarma desmedida, y una gran
desconfianza entre la clase médica española.
Una primera valoración es que después de gastarse 333 millones de euros en campañas de
salud y en medidas de prevención, la pandemia sigue su curso como no cabía esperar de otra
manera, ya que hablamos de una enfermedad con una capacidad de contagio altísima; en los
países de Europa, según la última estadística publicada por la OMS a finales de octubre, se
han declarado más de 60.000 casos, con un total de 281 muertes; es esta una mortalidad más
baja que la que corresponde a la gripe estacional habitual. Asimismo, según los últimos
estudios, este tipo de gripe afecta más a la población joven de menos de 30 años, debido a que
los más mayores tienen una cierta inmunidad cruzada con cepas anteriores de gripe que ya
padecieron.
Desde el punto de vista ético, no parece
razonable que se haya destinado tal cantidad de
recursos económicos en campañas de salud
dirigidas hacia la prevención de una enfermedad
que, si bien es altamente contagiosa, no parece
ser tan grave. Las dos empresas que han
fabricado la vacuna han hecho grandes esfuerzos
para convencer de los beneficios de dicha
vacuna, que levanta dudas razonables entre los
expertos, por la celeridad que se ha preparado y
por la falta de experiencia en ensayos clínicos
controlados, que hace temer la posibilidad de
aparición de efectos secundarios imprevistos y
graves. No menos sorpresa ha causado el uso de
otros medios de dudosa utilidad, tales como
lavamanos en superficies públicas, mascarillas,
etc. que han supuesto un gasto desmedido, en unos momentos en los que se están recortando
inversiones y gastos para otras partidas que son mucho más necesarias para un bien tan
preciado como la salud pública.
Por último una decisión personal desde la reflexión: yo no me pienso vacunar, ni tampoco voy a
tomar oseltamivir. Sólo tomaré paracetamol en caso de pasar la gripe. Como profesional
sanitario, agradezco el interés que los gobernantes tienen por mi salud, pero agradecería que
dicho interés se prolongara a lo largo de los años, mejorando mis condiciones de trabajo.