|
LA PERVERSA TEORÍA DEL MAL
MENOR
Robert Spaeman
En el año 1952 el Tribunal
Supremo alemán condenó a dos médicos por cooperación al
homicidio. Los médicos, durante el año 1941, habían tomado parte
en la campaña gubernamental de eutanasia masiva para los
enfermos mentales. Habían elaborado listas de enfermos,
entregándolos así a la muerte. Ante el Tribunal quisieron hacer
valer de forma incontestable que sólo habían cooperado en la
acción homicida para salvar a una parte de los enfermos que
estaban amenazados de muerte. De hecho, habían excluido de las
listas aproximadamente un 25% de enfermos, infringiendo así las
disposiciones vigentes. Con su conducta habían librado de una
muerte segura en la cámara de gas a otros pacientes, poniéndolos
a salvo o alojándolos en establecimientos confesionales.
Estos médicos fueron absueltos
en la primera instancia judicial, aceptándose las alegaciones
mencionadas. Sin embargo, el Tribunal Supremo federal revocó la
resolución absolutoria y fundamentó su fallo del siguiente modo:
"Cuando están en juego vidas humanas, sostener la oportunidad de
aplicar el principio del mal menor en atención a valores
efectivos razonables, así como intentar hacer depender la
legitimidad jurídica de la acción del resultado global de la
misma desde una perspectiva social, se opone a la cultura que
mantiene la enseñanza moral cristiana acerca del ser humano y su
índole personal".
Los acusados "no habrían
actuado en desacuerdo con la opinión mantenida entonces por los
médicos más responsables y serios si se hubiesen negado a
participar en la matanza de enfermos mentales, al precio de ser
apartados de cualquier puesto de interés decisorio dentro de la
maquinaria del exterminio". El caso es que, como el juicio puso
de manifiesto, hubo muchos médicos honestos que prefirieron
dejar sus puestos de especialistas clínicos antes que cooperar,
aun indirectamente, en la masacre de inocentes.
Los tiempos han cambiado. Los
"patrones culturales dominantes" ya no están orientados por la
enseñanza moral cristiana que, por su parte, poseía elementos
comunes con las doctrinas judaica, griega y romana. Buena parte
de los herederos de esa enseñanza, y que tienen la misión de
transmitirla, renuncian precisamente a seguir haciéndolo. Los
médicos que entonces se apartaron de toda cooperación en el
exterminio –aun tratándose de una cooperación remota– y
desistieron de cualquier intento de influir en el proceso, hoy
serían censurados en Alemania por ciertos expertos en ética,
pues para tales médicos es mucho menos congruente con su "bata
blanca" esa postura ética que la de contribuir a salvar el mayor
número posible de vidas amenazadas y rebajar así la cifra total
de muertos. Igualmente se les podría acusar del delito de
omisión de auxilio, por su irresponsable retirada. (…). Sin
embargo, la respuesta clásica a esta cuestión es clara: Nadie
tiene responsabilidad de lo que sin su intervención sucede,
siendo así que esto sólo podría evitarse haciendo algo que no le
incumbe hacer.
Un deber incondicional
Todo el mundo reconoce que
nadie puede ser censurado por omitir una acción que le era
físicamente imposible realizar, como por ejemplo en el caso de
que no tuviera manos. El modo de pensar europeo –aunque no sólo
de los europeos– siempre tuvo en cuenta que existen acciones que
no es posible realizar moralmente. No existe responsabilidad
alguna por lo que sucede sin poderlo evitar mediante tales
acciones. Los médicos que no participaron en aquel asunto de la
eutanasia, se encontraron como si carecieran de manos para
rellenar las listas. El viejo legislador romano tenía, para
esto, la clásica fórmula: "Las acciones que contradicen las
buenas costumbres han de considerarse como aquéllas que nos es
imposible llevar a cabo" (Digesto XXVII). Se podría
comparar la quintaesencia de ese pensamiento con la fórmula
popular de que el fin no justifica los medios.
¿Será calificada esta
concepción por sus nuevos adversarios como fundamentalismo
ético?. Según ellos, el fundamentalista ético es quien piensa
que hay algo a lo que no está dispuesto, aunque esté en juego el
más noble de los fines.
(Fragmento
del artículo publicado en Cuadernos de Bioética
2001. Vol 46 ) |